Con una trayectoria deportiva que comenzó cuando tenía apenas ocho meses, Juan Ignacio representó a la Argentina en competencias internacionales, fue campeón argentino y practicó distintas disciplinas.
Mientras Santa Fe, Rosario y Rafaela se preparan para recibir a los protagonistas de los Juegos Suramericanos, la historia de Juan Ignacio Alarcón permite mirar al deporte mucho más allá de una competencia o una medalla. A sus 29 años, la actividad deportiva atraviesa prácticamente toda su vida: comenzó antes de aprender a caminar, acompañó su desarrollo y terminó llevándolo a representar a la Argentina.
Ese recorrido suma ahora un nuevo capítulo: Juan Ignacio fue nombrado embajador de los Juegos Suramericanos en Esperanza, la ciudad donde creció y desarrolló buena parte de su trayectoria. La distinción reconoce una historia construida durante más de dos décadas a partir del entrenamiento, la constancia y la superación de distintos desafíos.
“Me gustaría que haya más niños haciendo deporte porque el deporte es salud y vida”, marca Alarcón, en función de su experiencia personal.
Juan Ignacio nació en Brasil con síndrome de Down. Allí, recuerda su mamá Graciela, existían centros especializados para acompañar su desarrollo. Cuando la familia regresó a Esperanza, la falta de profesionales específicos los llevó a encontrar en la actividad física una alternativa.
“Todo la parte de rehabilitación física, por su hipotonía muscular y demás, la empezamos a hacer a través del deporte, porque no teníamos clínicas con profesionales especializados”, cuenta Graciela.
Una trayectoria construida desde la infancia
Su primera experiencia fue en la pileta. Juan Ignacio comenzó natación con apenas ocho meses y continuó hasta los 13 años. A los tres sumó la gimnasia deportiva, disciplina que mantiene hasta la actualidad y que terminó ocupando un lugar central en su vida.
Hoy acumula 25 años ininterrumpidos como gimnasta y también practica tenis y básquet. Fue campeón argentino en gimnasia artística y tenis, además de ser convocado a la Selección Nacional de Básquet. Detrás de esos logros hubo años de entrenamientos, viajes y competencias.
El salto internacional llegó en 2016, cuando comenzó a representar a la Argentina en torneos para atletas con síndrome de Down. Entre ellos estuvieron los Trisome Games, un encuentro multideportivo internacional destinado específicamente a estos deportistas. Para alcanzar esa instancia, primero debió obtener resultados en competencias nacionales que le permitieran integrar los seleccionados argentinos.
Desde entonces acumuló una década de experiencia competitiva, con medallas de oro, plata y bronce en distintas disciplinas y posiciones destacadas en el ranking internacional. Lo que había comenzado como una herramienta para acompañar su desarrollo físico se convirtió, con los años, en una trayectoria deportiva marcada por la competencia y la representación nacional.
Experiencias que marcaron el camino
Para Graciela, el primer torneo internacional de 2016 marcó un antes y un después que trascendió los resultados. Viajar, convivir con otros deportistas y competir en igualdad de condiciones fortalecieron la confianza de Juan Ignacio y le permitieron desenvolverse en nuevos escenarios.
“Yo les digo mucho a los papás nuevos cuando llevan a sus hijos por primera vez a torneos internacionales: «Tu hijo va y vuelve diferente»”, cuenta. Y agrega: “La experiencia es inigualable, los hace madurar; vuelven con más ímpetu, con más motivación, quieren entrenar más y mejorar”.
Dos años después llegó uno de los recuerdos más especiales para la familia. En 2018, Juan Ignacio viajó a Alemania para disputar su segundo torneo internacional y la competencia coincidió con su cumpleaños número 21. Ese 8 de julio consiguió tres medallas de oro.
“Fue a buscarlas porque realmente él es un convencido de que cuando quiere algo se pone el objetivo y lo logra”, recuerda su mamá y agrega: “Para eso tiene que superar un montón de obstáculos”.
Los viajes y las competencias fueron dejando algo más que títulos. La necesidad de adaptarse a contextos diferentes, medirse con otros atletas y afrontar cada desafío fortaleció su seguridad y su capacidad para desenvolverse por su cuenta.
Las enseñanzas que quedan fuera del podio
A lo largo de los años, el deporte también le dejó aprendizajes que exceden cualquier resultado. Graciela destaca especialmente la posibilidad de elegir y construir su propio camino.
“Siempre lo alentamos a que él tome sus decisiones”, cuenta. Esa libertad aparece al definir qué disciplina priorizar, evaluar si quiere competir internacionalmente o reconocer cuándo necesita bajar la intensidad. “Entendemos que tiene el derecho y el deber de hacerlo”, remarca.
Practicar tres disciplinas lo enfrentó de manera constante a situaciones que debía resolver por su cuenta.
“La toma de decisiones, la confianza, la solidaridad cuando se trabaja en equipo, la perseverancia, la constancia… son tantas cosas que se aprenden a través del deporte”, resume Graciela.
Como mamá, su orgullo tampoco pasa únicamente por las medallas. “Todo parecía lejos, pero nunca dejé de creer que él podía hacer algo”, recuerda.
Verlo alcanzar objetivos que alguna vez parecieron difíciles representa, para ella, una muestra de lo que puede lograrse cuando existen oportunidades y acompañamiento.
Un embajador que lleva una historia de oportunidades
Su designación como embajador de los Juegos Suramericanos en Esperanza suma ahora otro capítulo a esa historia. En un evento que volverá a colocar al deporte en el centro de la escena en Santa Fe, Rosario y Rafaela, el recorrido de Juan Ignacio transmite también un mensaje sobre las posibilidades que se abren cuando las personas con discapacidad encuentran espacios para desarrollar sus capacidades.
Desde su propia experiencia, Juan Ignacio espera que los Juegos sirvan también para acercar a las nuevas generaciones a la práctica deportiva. “Me gustaría que haya más niños haciendo deporte porque el deporte es salud y vida”, expresa. Para él, uno de los legados que puede dejar la competencia es justamente ese: despertar el interés de más chicos y jóvenes y motivarlos a encontrar en alguna disciplina un espacio para crecer, compartir y desarrollarse.
Su mensaje adquiere una dimensión especial después de una vida atravesada por el deporte. Lo que comenzó durante sus primeros meses como una herramienta para acompañar su desarrollo terminó convirtiéndose en una trayectoria de más de dos décadas, con competencias nacionales e internacionales y experiencias que fortalecieron su autonomía.
Después de 25 años acompañándolo, Graciela resume esa experiencia en una idea: las dificultades existen, pero no deberían definir de antemano hasta dónde puede llegar una persona.
“Ellos pueden, no tienen techo, no tienen límite. Nosotros no somos nadie para ponerles los límites”, afirma.


