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Marzo 20, 2019

El momento económico en que transcurren éstos tiempos hizo que, como tantos otros, vuelva a tomar los medios de transportes públicos, más precisamente el colectivo.

Me apropincuo cómodamente dentro del mismo, sentándome en sentido contrario al conductor (en una de ésas, al estar en esa posición contraria al resto del pasaje en vez de envejecer rejuvenecía, pero lamento decir que no ocurrió), poso mi vista en la lontananza y escucho dos palabras que me cambiaron la vida… “¡Me bloqueó!”.

Por un momento creí estar en el ómnibus de algún equipo de basquetbol, ya que esa palabra es utilizada en jugadas tácticas del mencionado deporte anaranjado, hasta esperé ver a Ginóbili pero nada de eso ocurrió. Lo más parecido era que el chofer tenía un cartel  que indicaba que se llamaba Gino y creí escuchar que tenía problemas de bilis.

Vuelvo a concentrarme y veo a dos jóvenes que parecían humanos, pero por la velocidad de sus dedos y los movimientos que hacían con dichas falanges supongo eran de Júpiter, y calculo que mínimo tenían 8 por mano.

Prestando atención noté que todo el alboroto respondía a su destellante celular, indómito con infinidad de ruidos cual alarma comunal descompuesta.

Un contacto, al parecer muy importante, había osado impedir la recepción de mensajes de mi ocasional compañero de viaje. La afrenta, por lo que estaba comprendiendo in situ, era similar al asesinato del archiduque Francisco Fernando de Sarajevo que desató la Primera Guerra Mundial… sólo que en éste caso desencadenó un increíble arsenal de opciones de retorno de la humillación, todas virtuales, ninguna presencial.

Si los viejos retadores a duelo hubieran sabido de éstas herramientas de resolución de conflictos, cuántas pérdidas se habrían evitado (Hipólito Yrygoyen y Lisandro de la Torre abstenerse).

Su compañero en seguida le dio una respuesta al momento trémulo y aciago del “bloqueo virtual”… “Escrachalo en Twitter, y yo te retwitteo”.

“¡A la pucha!” dije para mis adentros… “no es necesario semejante palabrota, se supone que sos su amigo pibe…” continuó mi pensamiento silencioso. Sin dudas era clarísimo lo que querían hacer, inspirados en una película icono de los 90 “Twister” querían desatar el caos climatológico en ese lugar y momentos, por suerte yo estaba allí para enterarme en tiempo y forma y ponerme a resguardo. Se ve que los pibes eran discípulos de Saruman o algo así…

Crítica de la película “Twister”Imagen del final de la película Twister 1996

Cuando ya estaba listo para el cataclismo y me había puesto mis botas de lluvia, mi capa amarillo patito y alistado el paraguas de Mickey de mi hijo que siempre llevo conmigo en mi atache (nunca salgo sin él para aparentar, a veces llevo ropa de ocasión como en éste caso y otras mortadela y pan del día un frugal almuerzo), alcanzo a ver una sonrisa mefistofélica de superación en el ofendido y sus palabras de satisfacción “Ya está, ya lo escraché, retwittealo vos y vamos a ver que dice el forro éste”.

“¿Qué pasó?” dije yo entre labios. “¿Y la lluvia, y el tornado, y las vacas volando sin sentido? (siempre vacas, nunca un hámster, pelicano o algún otro animal más a mano…)”.

Juntando fuerzas de donde no tenía me atrevo a preguntarles, casi inaudiblemente… “Disculpen chicos, ¿qué es lo que pasó que no vino el huracán o Twister…?”… Su reacción fue mirarse y explicarme, en lenguaje coloquial castizo…”no viejo, el chabón me sacó el doble tilde celeste, después me silenció los estados y ahora me terminó de bloquear, pero se la di en la pera con un Twitter que no esperaba. Piola vago conmigo se rescata si o si el goma ése…”.

Mi mente empezó a darse de bruces con todos mis estudios: primaria, secundaria y facultad tiradas a la basura por un idioma nativo urbano aborigen de dudosa procedencia… A ver…lo único que entendí era lo de los estados silenciados y en eso lo apoyé con toda mi alma, es muy fea la opresión del pueblo y los estados son soberanos, así lo dice la Constitución.

Con una leve mueca de entender todo lo que dijeron los saludé, me bajé del colectivo y me dirigí a toda prisa a la reunión de padres previo al inicio de clases, gracias a Dios era con gente de mi edad, con la cual se podía charlar de tu a tu y generar empatía más allá de cualquier contratiempo, algo así como “el cenit del diálogo”.

Llego, me siento, retiro los apuntes generales del organigrama de inicio de clases y período de adaptación (ni con Stephen Hawking a mi lado lo podría haber comprendido) y veo que al fondo de ellos asoma una hojita, tamaño A5 que indica “Orientaciones para el uso de Grupos de Padres en Whatsapp”.

15 indicaciones (¿tips?) para no herir susceptibilidades de aquel que no contesta, que escribe en mayúscula, que sale del grupo sin avisar, que responde con emoticones (según el punto 13 está autorizado el uso de los mismos como medio de expresión), etc…

La batalla está perdida, ni Dios se atrevió a tanto, sólo hizo 10 mandamientos…

“Año nuevo, vida nueva” reza el consabido slogan.

Como es sabido ya estamos a metros de Navidad, Fin de Año, balances, metas, promesas, etc.

Es indudable que con el advenimiento de la consabida “crisis” se presentan las consecuentes “oportunidades”. Si el precio de la nafta hace a la acción, tomarse un colectivo es su reacción.

¡Dejá, yo me quedo a pelearla…! Con esa frase, que dice mucho y no dice nada, comienza éste relato.

Gladiador de mil batallas, Quijote contra los molinos de viento, peón del Rey y cuantos otros significados más se crucen por mi mente son insuficientes para poner en valor la cruzada que iba a comenzar… darle batalla a los caracoles y babosas de jardín que se comían las petunias, jazmines y otras plantas sin distinción de credos y colores (y supongo sabores para los mencionados bichitos).

Primero, lógicamente, comencé con experimentos caseros de antigua data.

Cáscaras de naranja alrededor de los plantas predilectas de las plagas (¿acaso les faltaría vitamina C a los insectos?, ¿las babosas vinieron desde Europa y padecían de escorbuto?). No funcionó e incluso un día, bien temprano, creí adivinar dos dibujos de aprobación hechos con la baba que dejan por el piso con algo que parecía ser un emoji de un pulgar para arriba y otro de una carita sonriente… no volví a colocar restos cítricos, y el tema pasaba de ser una ocupación a una preocupación.

Muy bien, comenzaba la fase B, ya comenzaba a ser algo personal. Pase de las recetas de la antigüedad al gurú actual, el señor “Google”.

Luego de mucho analizar (en horarios de madrugada, no quería que mi familia me vea atribulado abocado a estas pequeñeces) realicé todo lo que me dijo la compu.

Comencé incorporando sapos al jardín, pero es indudable que esa solución me iba a llevar a una escalada interminable dentro del ecosistema alimenticio: serpiente que coma al sapo, mangosta que elimine a la serpiente, león que anule a la mangosta, hienas que eliminen al león… y ya con las hienas soltarlas en la Bolsa de Comercio y que sea lo que Dios quiera. No. Muy riesgoso.

Me detuve con los sapos (algo que la no ocurrió en Pichincha durante Noviembre con el tema del ciervo, zarigüeya, gallareta y etc) y no funcionó.

Otra opción era juntarlos a mano (que grande Internet, cuanta creatividad…), una tercera darles cerveza (“Los caracoles aman la cerveza” decía la nota, lo que no aclaraba es que se hacía con los caracoles beodos) y así hasta el hartazgo, infinidad de posibles soluciones para no hacer nada.

Atormentado, recurrí a la última opción, la que no quería llegar, la definitiva: recurrir a una casa especializada en erradicación de plagas.

Decidido, me visto con la ropa adecuada a tal efecto (borceguíes y ropa camuflada) practico frases cortas para no comprometerme con el “veneno” a comprar (“no es para mi”, “me lo pidieron de afuera”, “no sé, no conozco” y así varias más) y me dirijo sin cabildeos al comercio elegido.

Al ingresar el olor a tóxico es penetrante, infiero que es lo que debe sentir una bacteria dentro del organismo una vez que le llega la batería de medicamentos, en forma de catarata. Me atiende una persona alta de casi unos 60 años que como única defensa tiene un delantal, azul para más datos. Ni guantes, ni barbijo, ni nada.

Al “Buenos días” de rigor sigue mi explicación de lo que necesito.

Un silencio que para mi duró una eternidad, el control total de mi organismo para no transpirar y, finalmente, la frase del comerciante… “vení, seguime”.

Me lleva casi al fondo del local y, luego de semblantearme y volver a hacerlo me dice, lacónicamente ”…vos los querés eliminar para siempre o querés zafar un tiempo con los moluscos gasterópodos normales y los de orden pulmonata?”. “Ay la pucha” pensé para mis adentros, “esa pregunta no la preparé…”. En lo que debe haber sido una fracción de segundo, pero para mi resultó una eternidad, contesté impertérrito “eliminar, es eso o nada”.

“Muy bien, esto es destrucción total” me confía y me señala una botella de tamaño mediano color verde fosforescente con todas las advertencias juntas que jamás vi en mi vida: una calavera, riesgo de electrocución, una cruz roja sobre dibujos de miles de animales (incluso creo haber visto el de un elefante), peligro radiactivo y no sé cuántas más.

El manual de uso venía aparte y tenía más de cien páginas.

“Léelo bien y una vez que lo uses tu vida será otra” fue su último consejo.

Ya en casa me encuentro con la solución a todos mis males, el agente cero que parará con el ya a esa altura increíble deterioro programático de mi jardín y también con un problema: mi conciencia que me decía una y otra vez “pobres y nobles animalitos milenarios erradicados por mí, un simple mortal”.

No importa la decisión está tomada: leo todo el dossier (que tenía unas imágenes que me resultaron familiares, dos emojis de un pulgar hacia arriba y una carita feliz…), vierto el líquido y descanso plácidamente esperando juntar sus restos al día siguiente.

Tenía razón el vendedor, mi vida fue otra, cambió radicalmente.

Desde ese día tengo viviendo en casa decenas de miles de estos bichos, viendo hasta el cansancio la película “Turbo” y tomando cerveza…

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