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Mayo 20, 2019

Relatos de domingos: especial de pascuas

Abril 21, 2019 0

Sábado por la tarde, tardecita para más datos. El rumor de una trémula melodía que parece ser Enya se oye a la distancia, recostado en mi sillón reclinable masajeador, un habano Cohiba juega en mis dedos cambiándolo constantemente de posición cual famoso prestidigitador, la mirada perdida en la lontananza con el saber del trabajo realizado, temperatura primaveral ideal. Si, efectivamente, se podría decir que es la imagen del llamado reposo del guerrero, el único momento semanal de encuentro con mi mismo. De repente…“¿compraste los huevos para los chicos?, mirá que mañana es Pascuas…”. Es en, y desde, esos momentos que ingresó en mi diccionario una palabra que define la idea de dejar todo para mañana: procrastinación.

¡La realidad apabulla!, el rumor trémulo resulto ser la pérdida constante de la mochila del inodoro, el sillón reclinable masajeador es la silla del comedor que tiene el respaldo vencido y se mueve de acuerdo a la posición de la espalda, el habano es en realidad una BIC azul que anda cuando se le da la gana y la mirada perdida estaba en realidad enfocada al techo y viendo la mancha de humedad que hace añares he dejado que viva con nosotros, como una más de la familia. ¡¡¡Los huevos de pascua, cómo me olvidé de ese detalle!!!.

Sin siquiera responder a la pregunta inquisidora que me topó con la realidad en menos de un segundo, salgo raudo a buscar el dulce en forma preferentemente ovoide.

Mi primer destino fue el súper chino del barrio. Al ver los precios comprobé lo que siempre supuse, los orientales saben algo que los occidentales no, algo así como el latente advenimiento de la Tercera Guerra Mundial o similar, ya que sus precios son siempre de época de escasez… Como no había llevado conmigo la escritura de casa, ya que salí de apuro, no pude comprar nada allí.

Mientras me dirijo hacia el próximo destino recorre mi mente que tipo de figura comestible puede ser la elegida: huevo, conejo, gallinita.

Una vez detectadas estas tres formas las incorporo a mi mente y las pongo como objetivo (target) cual Terminator 1, ya que por mis ojos solo circulaban esas tres palabras: huevo, conejo, gallinita. Nada de distracciones entre el cazador y su presa.

Penetro cual filosa daga en algo así como un “Monstruo mercado” (¡gracias Simpsons!) y todo lo que buscaba eran huevos. Es por ellos que me dirijo directamente y sin interrupciones a la sección dulces, he allí mi presa.

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Nada, estaban todos agotados… es pues entonces que debo recurrir indefectiblemente a lo que el hombre por su ex condición de macho dominante nunca quiere hacer… preguntar. Y la pregunta debe llevar aleatoriamente al objetivo sin denotar la intención de buscar el producto puntual, debe sugerir que se busca un huevo, nunca ir al centro del huevo (en éste caso la yema).

Encuentro a una señorita que reponía productos, engolo la garganta mediante un carraspeo, elucubro bien la pregunta y procedo a interrogar.

“Disculpe señorita, ¿sería usted tan amable de indicarme donde puedo hallar un producto comestible hecho a base de cacao con forma de huevo o zigota, preferentemente que además del delicioso néctar conste en su interior de una sorpresa que posteriormente y una vez abierto la misma se transforme, con intervención de un mayor, en un juguete?”

Pregunta directa a la médula, sin dudas.

La señorita me mira incrédula, con cara de no entender nada y me dice, suavemente “no te entendí nada loco, pero si lo que vos buscas son huevos Kinder, no hay más, se vendieron todos”.

“¿Y gallinitas, y conejos?” fue mi repregunta, ya sin ningún tipo de miramientos.

“Fijate en la carnicería” su hiriente y, estimo, sarcástica respuesta, ya que al concurrir a ese sector no me topé con chocolate alguno.

Abatido, habiendo gastado todas mis cartas, debería volver a casa sin ninguno de los alimentos que me habían encargado comprar con varias semanas de antelación.

Al salir del súper escucho un “psss, señor” que se dirigía a mi. Miro en sentido a donde provenía el llamado y veo a un muchacho apoyado en el baúl de un auto Dacia que había perdido por goleada la batalla contra la cataforesis.

“¿Usted está buscando un huevo, cierto?, venga, acérquese al auto y elija el que quiera?”.

Al verme dudando me dio la estocada final “a estas horas no va a encontrar en ningún lado, es esto o el sollozo ininterrumpido de sus hijos y el reproche de su familia…usted elige”.

Día domingo, mesa familiar. Estaba todo listo para el postre. La falta de luz del baúl del Dacia me jugó una mala pasada. Una sola letra hizo la diferencia. Huevo “Finder”. Pese a que en inglés significa “buscador” no lo busque por favor, yo lo encontré. Menos sabor y sorpresa tenía de todo…

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