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Abril 20, 2019

Relatos de domingo: salir de compras es para valientes

Marzo 24, 2019 0

Apetito, hambre, gula, voracidad. La palabra que deseen, pero una sola finalidad: me crujía el estómago.

A sabiendas de que no había nada en la heladera, recurro a investigar en el ropero y el armario (y a mí que se me henchía el pecho cuando me decían “Romario” al jugar al fútbol, era una mezcla de ambos…). Resignado no me queda otra que recurrir al Súper.

Primera opción por cercanía, el súper de los chinos (creería que son norcoreanos en realidad, pero tampoco me queda muy en claro si ellos saben que están en Argentina o Argelia).

Viendo que mi límite de glucosa está al máximo, y por ende no deseo más caramelos de vuelto, descarto de raíz esa idea y, finalmente, voy a uno de los supermercados grandes de la zona.

Me proveo de mi bolsa ecológica (no sé para qué, si en el súper te envuelven todo en nylon), mi monedero de Hello Kitty y mucha voluntad de buscar buenos precios.

Comienzo a escrutar sigilosamente las góndolas (que previsores los venecianos, sabían que los precios iban a hacer agua e íbamos a tener que remarla de por vida, nada es casualidad) y advierto un cartel, multicolor (¡arriba la comunidad LGBT y les todes!) que dice “Precios Cuidados”. Respiro, me siento incluido, contenido, respetado, todas mis cartas de lectores han sido plasmadas en ese pequeño, casi anónimo, trozo de papel. Claro que si, confiado leo y releo los precios de los productos rotulados con esas dos simples palabras. Releo, miro el cartel y el producto sucesivamente y así hasta casi quedarme bizco. El orden de las palabras está mal, debería ser “Cuidado, precios”.

Casi inmediatamente una lágrima comenzó a rodar por mi mejilla, más precisamente la derecha. No estaba en el sector de las allium cepa como para suponer que eran las comúnmente conocidas como cebollas las que la producían. Es entonces cuando comprendí que lo que sentía era orgullo, un orgullo enorme, como de padre y un pensamiento interno que susurraba “¡La pucha, pensar que yo conocí éstos precios chiquititos, de purrete y ahora verlos así tan grandes, crecidos e inflados! me embarga la emoción…”. Ese pensamiento también me hizo recordar que olvidé la tarjeta de crédito (y de allí zafé de un posible embargo por comprar comida) y que sólo contaba con efectivo.

Continúo la recorrida secándome las lágrimas con un filtro de café número 4 “Tipo Melita” que advierto en un escaparate y me encuentro, casi por azar, en el sector de cuidado personal.

Un shampoo me indignó completamente por su publicidad engañosa. Rezaba “Shampoo para Cabello Seco”, quisiera que alguien me explique como hago para aplicarme el producto y lavarme el pelo sin agua, ¡el cabello cuando se pone el tónico siempre está húmedo, sino queda como un nido de loros!.

Me contuve para no hablar con el encargado y avanzo hacia el sector verduras, escojo peras y moras para llevarlas a pesar (sabiendo que iba a tardar en ser atendido, ya que había una espera con demora…) cuando súbitamente detrás de mí en la cola se ubica una señora de unos setenta y pico de años y tras ella un caballero de aproximadamente la misma edad.

“Supongo que seré participe innecesario de un galanteo” lucubré… y así fue.

“Tengo solo dos cositas señora, me deja pasar” fue la frase de él. La señora no dio acuse de recibo. Ahora si, éste señor desplegará todos sus plumas cual pavo real para convencerla…

Insiste el caballero “Es que me estoy orinando, tengo incontinencia…”.

El pedido conmueve a la señora “Ahh, es que soy sorda, no lo había escuchado”.

Huyo despavorido hacía otro sector ya que no quiero saber el corolario de la escena.

Es el turno de los lácteos y derivados. Observo los valores de las leches y los quesos y me digo “¿Cómo es que a la gente nunca se le ocurrió ahorrar en leche en vez de en dólares?...”

En fin, ya con mis productos seleccionados me dirijo al punto final, las cajas.

“Prioridad embarazadas”. “Prioridad discapacitados” (no creo que cuente como discapacidad el club del cual soy hincha, más bien fue una incapacidad). “Hasta 8 artículos”. “Hasta 15 artículos”. “Envíos a domicilio”. “Sólo tarjetas”. No entraba en ninguno de los títulos, no soy parte de los grupos de riesgo por lo visto.

Al borde del paroxismo me la juego y me coloco en una fila, como si fuera un refugiado tratando de ingresar en migraciones.

Luego de la mirada pétrea de la cajera y un segundo que pareció una eternidad sudo la gota gorda y paso por la cola de “Hasta 8 artículos”. No fue necesario llegar a los 8 artículos, cuando comencé a recitar “él, la, los” me dejó pasar…

Modificado por última vez en Lunes, 25 Marzo 2019 14:00
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