Enero 16, 2019

Relatos de domingos: volviendo al transporte público

Diciembre 09, 2018

Es indudable que con el advenimiento de la consabida “crisis” se presentan las consecuentes “oportunidades”. Si el precio de la nafta hace a la acción, tomarse un colectivo es su reacción.

Pues bien, una vez puesto en modo ahorro me dije “voy a tomar más colectivos y usar menos el auto” y es así que después de muchísimos años sin tomar un cole fui a la parada del mismo en su búsqueda.

Si bien hacía ya mucho tiempo que no hacía uso del servicio del transporte público recordaba a pies puntillas los números o letras y sus respectivos recorridos.

La E, F, el 15 para ir a la cancha de NOB, el 218 para la de Central y así sucesivamente.

Lo primero que me llamó la atención fue que toda la gente que se encontraba en la parada estaba conectada a sus celulares y desconectada del resto de la gente.

Lo segundo, fue que ninguno de los números y/o letras que recordaba existía.

Lo tercero, entrar en pánico…

En su lugar había extraños logaritmos de difícil resolución, como por ejemplo el 35/9. Es ahí cuando entendí que la gente estaba con sus celulares haciendo cuentas de división, y que el resultado era 3.888 y periódico (y no La Capital precisamente). El primer enigma estaba resuelto, ahora faltaba el segundo… ¿qué significaba ese resultado?, Cada cuantos minutos pasaba no era. La gente que transportaba tampoco. Cuando estaba llegando a la impaciencia arribó el interno de la línea que yo esperaba y fui subido ipso facto por la turba a esas alturas descontrolada.

¡Que emoción. Luego de añares estaba nuevamente arriba de un colectivo! Cuando la adrenalina empezó a ceder y me tocaba el turno de sacar el boleto me di cuenta que algunas cosas habían cambiado. Nadie pagaba en efectivo y todos pasaban unas tarjetas por algo así como un lector. El colectivero no fumaba (los buenos tiempos han llegado) y no había guardia. Y lo más chocante, no existía el boleto y con ellos se extinguía uno de mis divertimentos de juventud: conseguir el capicúa. Cuenta la historia que aquél que consiguiera 1000 capicúas se le daba algo así como un pase celestial, eterno, como un socio vitalicio de los colectivos. Esa leyenda acababa de ser derrumbada con la tecnología. Es entonces cuando le advierto al chofer que no sabía que el colectivo… Le saco los auriculares y le digo que no sabía que el colectivo no se pagaba más con billetes sino con una tarjeta y es allí donde me explica “Ud. puede entrar a la página y hacer recarga on line, tanto con tarjeta de crédito como de débito o en puntos de recarga  debidamente registrados pero previamente tiene que estar habilitada su tarjeta en un puesto TSC y de ese modo obtendrá importantes beneficios como descuentos en peluquería de mascotas, helados de crema del cielo y más…”. Mi rostro atónito, infiero, lo llevo a decir las tres palabras claves “Pase señor, pase”. “Gracias, voy a Thedy” fue mi respuesta y una carcajada reprimida del conductor dio por cerrada la charla. O no conocía calle Ing. Thedy o el osito que llevaba para mi hijo bajo el brazo tornó estéril cualquier tipo de explicación.

Ya habiendo logrado el ok para pasar, trato de buscar un lugar y me doy cuenta que el interior es muy distinto a lo que solía ser. Hileras de dos enfrentadas, a veces de a uno, un hueco grande en el medio, una mini escalera tras la mitad del coche, y luego ya filas de a dos todas mirando al frente. Al frente pantallas que repetían hasta el cansancio los mismos anuncios y la voz en castellano castizo que anunciaba cada parada o detención.

Por un momento pensé que al diseñador de la carrocería le había dado un ACV mientras la diseñaba y nadie se dio cuenta, siendo éste el resultado final. Con el ascenso y descenso de la gente durante el recorrido confirmé mi teoría…

Una vez sentado ocurrieron dos cosas que me llamaron poderosamente la atención.

A mi lado un muchacho escuchaba reggaeton a todo lo que daba en su celular, con el altavoz. Es entonces que pensé, si yo fuera un reo (como lo era en ese momento sin la posibilidad de bajarme del coche en movimiento) el estar escuchando constantemente ese tipo de música debería ser considerado, sin ningún lugar a dudas, como agravamiento de la pena.

La segunda, al cruzar una calle, el móvil se detiene, el chofer se baja de su asiento y se sube al techo. Hasta allí pensé que, con esa acción y teniendo en cuenta la gente que había en el ómnibus se iba a representar una escena de “El Planeta de los Simios”…pero acomoda las antenas que hacían que el coche se impulsará con la energía eléctrica (catenarias para los ignaros y no tienen nada que ver con la religión) y el viaje prosigue.

Llego al final del recorrido, mi destino, el momento cumbre iba a ocurrir, ¡me iba a bajar de mi primer nuevo viaje en transporte urbano!.

Ahora entiendo la sonrisa y sorna del chofer cuando le dije mi destino, no estaba en Thedy sino en calle Terán de Weiss Mary, pleno barrio Cerámica.

A caminar se ha dicho, total, las callecitas de Rosario tienen ese “no sé qué”…

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