Diciembre 12, 2018

Relatos de domingos: exterminador de plagas casero

Noviembre 25, 2018

¡Dejá, yo me quedo a pelearla…! Con esa frase, que dice mucho y no dice nada, comienza éste relato.

Gladiador de mil batallas, Quijote contra los molinos de viento, peón del Rey y cuantos otros significados más se crucen por mi mente son insuficientes para poner en valor la cruzada que iba a comenzar… darle batalla a los caracoles y babosas de jardín que se comían las petunias, jazmines y otras plantas sin distinción de credos y colores (y supongo sabores para los mencionados bichitos).

Primero, lógicamente, comencé con experimentos caseros de antigua data.

Cáscaras de naranja alrededor de los plantas predilectas de las plagas (¿acaso les faltaría vitamina C a los insectos?, ¿las babosas vinieron desde Europa y padecían de escorbuto?). No funcionó e incluso un día, bien temprano, creí adivinar dos dibujos de aprobación hechos con la baba que dejan por el piso con algo que parecía ser un emoji de un pulgar para arriba y otro de una carita sonriente… no volví a colocar restos cítricos, y el tema pasaba de ser una ocupación a una preocupación.

Muy bien, comenzaba la fase B, ya comenzaba a ser algo personal. Pase de las recetas de la antigüedad al gurú actual, el señor “Google”.

Luego de mucho analizar (en horarios de madrugada, no quería que mi familia me vea atribulado abocado a estas pequeñeces) realicé todo lo que me dijo la compu.

Comencé incorporando sapos al jardín, pero es indudable que esa solución me iba a llevar a una escalada interminable dentro del ecosistema alimenticio: serpiente que coma al sapo, mangosta que elimine a la serpiente, león que anule a la mangosta, hienas que eliminen al león… y ya con las hienas soltarlas en la Bolsa de Comercio y que sea lo que Dios quiera. No. Muy riesgoso.

Me detuve con los sapos (algo que la no ocurrió en Pichincha durante Noviembre con el tema del ciervo, zarigüeya, gallareta y etc) y no funcionó.

Otra opción era juntarlos a mano (que grande Internet, cuanta creatividad…), una tercera darles cerveza (“Los caracoles aman la cerveza” decía la nota, lo que no aclaraba es que se hacía con los caracoles beodos) y así hasta el hartazgo, infinidad de posibles soluciones para no hacer nada.

Atormentado, recurrí a la última opción, la que no quería llegar, la definitiva: recurrir a una casa especializada en erradicación de plagas.

Decidido, me visto con la ropa adecuada a tal efecto (borceguíes y ropa camuflada) practico frases cortas para no comprometerme con el “veneno” a comprar (“no es para mi”, “me lo pidieron de afuera”, “no sé, no conozco” y así varias más) y me dirijo sin cabildeos al comercio elegido.

Al ingresar el olor a tóxico es penetrante, infiero que es lo que debe sentir una bacteria dentro del organismo una vez que le llega la batería de medicamentos, en forma de catarata. Me atiende una persona alta de casi unos 60 años que como única defensa tiene un delantal, azul para más datos. Ni guantes, ni barbijo, ni nada.

Al “Buenos días” de rigor sigue mi explicación de lo que necesito.

Un silencio que para mi duró una eternidad, el control total de mi organismo para no transpirar y, finalmente, la frase del comerciante… “vení, seguime”.

Me lleva casi al fondo del local y, luego de semblantearme y volver a hacerlo me dice, lacónicamente ”…vos los querés eliminar para siempre o querés zafar un tiempo con los moluscos gasterópodos normales y los de orden pulmonata?”. “Ay la pucha” pensé para mis adentros, “esa pregunta no la preparé…”. En lo que debe haber sido una fracción de segundo, pero para mi resultó una eternidad, contesté impertérrito “eliminar, es eso o nada”.

“Muy bien, esto es destrucción total” me confía y me señala una botella de tamaño mediano color verde fosforescente con todas las advertencias juntas que jamás vi en mi vida: una calavera, riesgo de electrocución, una cruz roja sobre dibujos de miles de animales (incluso creo haber visto el de un elefante), peligro radiactivo y no sé cuántas más.

El manual de uso venía aparte y tenía más de cien páginas.

“Léelo bien y una vez que lo uses tu vida será otra” fue su último consejo.

Ya en casa me encuentro con la solución a todos mis males, el agente cero que parará con el ya a esa altura increíble deterioro programático de mi jardín y también con un problema: mi conciencia que me decía una y otra vez “pobres y nobles animalitos milenarios erradicados por mí, un simple mortal”.

No importa la decisión está tomada: leo todo el dossier (que tenía unas imágenes que me resultaron familiares, dos emojis de un pulgar hacia arriba y una carita feliz…), vierto el líquido y descanso plácidamente esperando juntar sus restos al día siguiente.

Tenía razón el vendedor, mi vida fue otra, cambió radicalmente.

Desde ese día tengo viviendo en casa decenas de miles de estos bichos, viendo hasta el cansancio la película “Turbo” y tomando cerveza…

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