Noviembre 18, 2018

Relatos de domingos: Mi primer gran experiencia en subte

Noviembre 04, 2018

El final de la escuela secundaria es una época de decisiones hacia el futuro. ¿Estudiar, trabajar, o nada de eso y ser político?. Como era costumbre hacia el final de cursado, fuimos invitados a una Exposición de Mecánica y Feria de Ciencias relacionada con la orientación de la secundaria, la misma se desarrollaba en Buenos Aires.

Nos acompañó un profesor, que nos convocó en la estación de trenes a medianoche. Era invierno. Nos subimos al tren y en 5 horas ya estábamos en Capital.

Antes de llegar, muy amablemente un guardia nos invitó, vagón por vagón a bajar las persianas metálicas de las ventanas. ¡Que amable!, pensé para mis adentros, ¡se preocupa porque sigamos durmiendo y nos resguarda de la salida del sol!. Una pedrada externa casi interminable me llevó a la realidad abrupta e inmediatamente. Al bajar noté que todos los vagones tenían celulitis producto del tratamiento de belleza extremo (con rocas y no precisamente de jade, me atrevería a decir que eran más bien dejadez…) al cual eran sometidos al pasar por ciertos sectores previos al arribo a la gran ciudad.

Sinceramente en ese momento comencé a dudar de la reputación del profesor, la feria abría a las 10 y habíamos llegado con 4 horas de antelación. “Menos mal que era de Matemática…” comenté por lo bajo “…si llegaba a ser de Historia llegábamos en plena Revolución Industrial”.

Perdidos por perdidos nos separamos en grupos con la consigna de encontrarnos a las 10 en la puerta de la feria.

Un amigo, Beto, no tuvo mejor idea de que viajemos en subte. “Por dos mangos vamos y venimos por todo Buenos Aires y la pasamos bomba”. Y dijo conocer ese submundo como la palma de su mano. Beto, tarde lo recordaría, era manco…

Con semejante consejo no dudamos y fuimos los 4 mejores amigos decididos a conquistar la ciudad que nunca duerme.

La humedad bajo tierra, que no teníamos calculada, empezó a causar efecto y mi gamulán comenzó a ser una carga muy difícil de llevar.

Por si eso fuera poco, el horario pico de ingreso al trabajo de aquéllos que usaban frecuentemente ese medio de transporte hizo que parezcamos salmones contra la corriente, en latas terriblemente atestadas de gente.

Carlos, que siempre estaba con la cabeza en babia, sin tiempo a nada se bajó en la primer estación que vimos, perdiéndose entre la gente, ni tiempo a detenerlo nos había dado. “Ya llegamos” dijo y se tiró. Resultó ser “Retiro” y en su caso para siempre…

A Beto, nuestro líder daltónico, lo perdimos en el primer cruce entre la línea azul y celeste…

Chelo, que era mudo, se quedó estupefacto y dio a entender que la estación que se avecinaba era su lugar en el mundo y se bajó para perderse entre la muchedumbre. “Callao” era la estación…

Ya me sentía en la película “El mundo perdido”, pero la original, siendo un aterrador visitante del submundo debajo de la tierra. Si bien no había dinosaurios el programa de la Legrand ya estaba al aire…

Por último quedé yo, solo y a la buena de Dios, completamente acobardado y a punto de desfallecer a causa de mi saco gigante, mis zapatos de charol que me apretaban hasta límites desconocidos, pero contento de haber obedecido a mi madre “…ponete la mejor muda interior que tengas, no sea cosa que te pase algo y te tengan que llevar al Hospital” fue su motivador mensaje antes de subir al tren en Rosario.

Sin embargo el hombre saca fuerzas de flaquezas y cuando el locutor del subterráneo, siempre muy atento y ubicado, dijo el nombre de la última estación a la que llegué absolutamente solo, me tocó la moral. “Carabobo”. “¡Epa… esto ya es personal!. Es Buenos Aires o yo”.

Es entonces que me saco los zapatos de charol, me recojo el pantalón (al modo Tom Sawyer), enrolló el gamulán en mi brazo izquierdo, al modo de los duelos gauchescos, tomo una birome azul como “objeto punzante” y digo “Ahora si”.

A medida que el subte remontaba viaje de retorno y se iba subiendo gente yo me iba abriendo paso sabiendo que mi visita a la Feria de Ciencias dependía de ello. Uno, dos, tres circunstanciales viajeros fueron marcados con mi herramienta, dejando en todos marcas diferentes (¿qué se pensaban, que soy el Zorro?). Mi plan estaba resultando y en breve estaría con el resto de la delegación, eligiendo que orientación quería seguir para mi futuro.

Dos policías me levantan, uno de cada brazo, y me indican de manera muy profesional que  descienda del coche, utilice la escalera amablemente en sentido ascendente y me sienta en absoluta libertad una vez que llegue al nivel cero. “Tomatelá pibe” fueron sus exactas palabras.

Si bien nunca llegué a la Exposición, la experiencia me dejó marcado.

Cada vez que vuelvo a Bs. As. llevo zapatillas, el celular con carga máxima y una guía Michelín bajo el brazo…

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