Noviembre 18, 2018

Relatos de domingos: actos escolares

Octubre 28, 2018

Ésta época de fin de año, cuando comienzan las conmemoraciones, despedidas y demás yerbas me trae el recuerdo, directo, de los actos de la escuela, y particularmente uno, el 17 de Agosto, el “día de San Martín”.

Después de mucho esperar, finalmente, en séptimo grado nos tocaba ir a San Lorenzo, para conmemorar (en realidad a esa pequeña edad siempre era festejar…) el día de San Martín.

Bien temprano nos subimos todos al colectivo contratado. Era un doble camello y a decir por el olor que había dentro del mismo, los camélidos no se bañaban hacía un buen rato…

De todos modos eso no importaba, alrededor de 30 jóvenes de 12 años teníamos armas suficientes para derrotar el mal olor imperante dentro del ómnibus… con más mal olor. Ya estábamos todos dentro del mismo y a las 5 cuadras, 8 de la mañana, yo ya estaba con hambre.

Entre tanto movimiento que había dentro del vehículo recordé las palabras de mi madre “¿por qué querés llevar Coca?, mejor llevá jugo” y mi respuesta negativa. Pues bien, me dirijo a abrir la mencionada bebida que tenía en mi cantimplora con un suave movimiento de mi mano derecha en el sentido de las agujas del reloj, esperando sentir el “psss” de las propagandas del momento. Sin embargo, la física, la química y la temperatura harían de lo suyo y el terrible chorro oscuro acaramelado que salió, cual geiser brotado, de la cantimplora marcó de por vida mi sobrenombre, que hasta ese momento no tenía: “el boludo”. Todos estábamos manchados y dulces, muy dulces. Gracias a Dios y al punto geográfico donde nos encontramos los osos meleros no abundan en estos lares, sino hubiéramos sido fácil presa de ellos.

Una vez vencido ese escollo (quedando bajo el ojo crítico de Dora, la maestra y el chofer del bondi) nos dirigimos al punto final, el Campo de la Gloria. Es allí que nos divide en dos grupos, los criollos (liderados por San Martín) y los realistas.

Si no hubiera acaecido el incidente de la bebida cola estoy seguro que yo iba a representar a San Martín, me había estado preparando todo el año para serlo (había visto todos los partidos de San Martín de Tucumán, me hice muy amigo de un chico del curso de apellido Cabral, y siempre salía en las fotos del curso en pose tres cuartos de frente, como los próceres…), pero no, la realidad me jugó una mala pasada y la señorita Dora eligió a Alejandro Magnusson como el patriota. Alto, esbelto, de fuertes pero a la vez seductores rasgos, él fue el General. Y, para rematarla, la seño me dijo “vos, primer realista, el punta de lanza, ¿entendiste no?” con una sonrisa muy parecida a la del Guasón.

No lo podía creer. De pensar que iba a ser el héroe de ésta jornada (o aunque sea Cabral o el caballo de San Martín, algo, pero de los buenos) a ser el primero en morir en batalla, el soldado cero. El destino no me podía jugar tan tremendo chascarrillo, no delante de todas y todos (faltaría mucho para los todes).

Con la cabeza gacha, los hombros caídos y la mirada perdida voy dispuesto a encabezar el pelotón, sabiendo de mi rápido e injusto fin, resignado…

A lo lejos se escucha una canción, dependiendo de cómo soplara el viento “… si la historia la escriben los que ganan… eso quiere decir que hay otra historia… la verdadera historia…”. De repente, la mirada se me ilumina, cobro ánimo, el pecho se me infla y saco cuentas “… séptimo grado, paso de grado si o si, a Dora no la veo más…”.

Perdido por perdido, decidido a ser mi propio Felipe Pigna y reescribir la historia de la épica batalla, me calzo los walkmans, pongo el cassette TDK con una fina selección de mis temas preferidos y busco la pista dos, adelantando y retrocediendo mientras ya estábamos todos listos y formando fila, buscando un tema recién estrenado de un tal  Panzotti de ricota o algo así “Vencedores vencidos”.

Cuando la señorita Dora da la orden, comienza la corrida en búsqueda de las fuerzas criollas en mi caso, sin ellos saber de mi terrible y maquiavélico plan para cambiar el transcurso de la batalla. Ya lo tenía on target a Alejandro Magnusson (él no debía estar ahí ni yo aquí, pero los caminos del destinos son inescrutables para el ser humano) sonando a todo lo que dan mis auriculares, sin escuchar más que mi respiración y la música en mis oídos.

¡¡¡Diez, cinco, dos, un metro, el campo yermo iba a ser testigo de éste revancha del oprobio y la deshonra!!!...

Dora, Magnusson y el resto de los compañeros me felicitaron por tan tremenda actuación. El campo no era tan yermo como en los relatos y las pinturas de la época, un pozo volvió a dejar la historia tal cual fue escrita, nunca nadie hizo tan bien de muerto por las balas de los independentistas criollos…

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