Julio 19, 2018

Especial Mundiales: Brasil 1950

Mayo 19, 2018

Continuamos con los especiales de los mundiales, en esta oportunidad Brasil 1950.


Carnaval carioca. Samba. Fuegos artificiales. Cachaza.

No había otra forma de describir lo que iba a ser el Mundial de 1950, que lógicamente se desarrollaría en Brasil “O pais mais grande do mundo”.

Se decidió en 1948 , en el congreso de la FIFA, que la sede del cuarto mundial de fútbol iba a ser el gran país sudamericano, Europa no podía asumir los costos de organización de un evento de fútbol por razones obvias de la inmediatez y devastación que produjo la Segunda Guerra Mundial. Se incorporó a pedido del local el sistema de 4 grupos de 4 equipos cada uno y en la segunda ronda los cuatro primeros conformarían un nuevo grupo y por puntos se definiría el campeón. Es decir, era la primera vez que una copa del mundo no tendría final, pero quiso el destino que si la hubiere.

Igualmente solo formaron parte del cuadro final 13 equipos a raíz de renuncias y destratos, moneda corriente en la FIFA de esas épocas.

Argentina decide no participar a raíz de una batalla campal que sucedió en un partido contra Brasil del Sudamericano (actual Copa América) del año 46. Eran los años del “dorado colombiano” donde todas las grandes estrellas argentinas se desempeñaban en ese país.

Tanto Alemania como el sector comunista detrás de la barrera de hierro impuesta por Churchill no participó, es decir Hungría y Checoslovaquia, los últimos dos subcampeones mundiales.

El oponente número uno para anular la alegría del local era Inglaterra, ya que finalmente los maestros e inventores del fútbol decidieron que era hora de demostrar su superioridad y se presentaron por primera vez a una copa del mundo.

Luego de un triunfo ante Chile es la hora de enfrentar el debilísimo Estados Unidos. Pasan los minutos y el marcador no se mueve, y hacia el minuto 37 EEUU abre el marcador. Su arquero empieza  a realizar atajadas increíbles e incluso logra que un periodista inglés, atónito, describa “Clark Kent le dio paso a Superman”. El resultado no se modifica y el fantasma inglés ya no era tal. Los ingleses tomaron nota y dejarían de citar a los jugadores mediante un correo de un Honorable Comité que prácticamente les decía “señores, reúnanse y salgan a hacer lo que saben” y designarían un manager hacia el futuro.

El rival número dos era Italia, vigente bicampeón reinante, pero quiso el destino que una tragedia aérea conocida como “la tragedia de Superga” en 1949 acabara con la vida de, entre otros, 9 jugadores del Torino, titulares del seleccionado itálico. Italia se presenta pero con un equipo totalmente diezmado y prontamente eliminado.

Pocos tenían presente a un pequeño país sudamericano, capaz de las más encomiables hazañas y con jugadores de extrema calidad y garra, la “garra celeste”.

Para que la fiesta sea completa se necesitaba un estadio enorme, el más grande del mundo, con capacidad para 220000 espectadores, ubicado a las orillas de un pequeño riacho llamado “Maracaná”, de allí obtiene su nombre. Hacia Junio de 1950 se desplazan por orden del presidente carioca Gaspar Dutra 1500 soldados a colaborar con su construcción, ya que se temía no llegar a tiempo para la inauguración contra México.

A medida que transcurre el torneo el local tiene la particularidad de hacer un gol en los primeros minutos de cada encuentro, que fue conocido como “el gol de los 3 minutos” y su paso hacia segunda ronda fue un trámite salvo un empate fuera de los cálculos contra Suiza.

Por las otras llaves llegaban los españoles, que tomaron revancha de los ingleses por la posesión del peñón de Gibraltar y los dejaron fuera de la copa con en gol del enorme Telmo Zarra, utilizado por el Franquismo imperante como “el triunfo de la España eterna frente a la decadente democracia inglesa”, paradojas del fútbol; Suecia que no tuvo problemas en eliminar a los menguados italianos y Uruguay que solo debió competir con Bolivia.

El trámite para los locales se volvía más y más rutinario, venciendo en la rueda final por seis y siete goles a sus rivales españoles y suecos respectivamente.

Mientras tanto ante los mismos rivales los uruguayos logran empatar y vencer agónicamente respectivamente.

Es así que con Brasil liderando la ronda debe enfrentarse con el Uruguay en el partido final del grupo al cual, solo por obra de la casualidad, llegaron los únicos dos equipos con chances matemáticas de campeonar, representando una final solapada.

Simultáneamente y en el mismo horario en un partido donde se podían notar hasta las pulsaciones del delantero Neka Skoglund, los suecos se quedaban con el tercer puesto ante los ibéricos, en un estadio Pacaembú inigualablemente vacío.

Primer tiempo y el gol de los 3 minutos que no aparece. Brasil no quiere ser campeón igualando, quiere ganar, golear, gustar y humillar. En el segundo tiempo los locales abren el marcador y desatan la alegría.

Un increíblemente tranquilo Obdulio Varela (“arriba la celeste!”) toma la pelota del arco y la lleva al medio del campo. En diez minutos Uruguay empata. En doce más lo da vuelta con el gol increíble de Alcides Ghiggia a Barbosa, futuro chivo expiatorio y proscripto hasta en el mundial 94 cuando le negaron la entrada en su visita al scratch, aduciendo que portaba mala suerte. Los locales recuerdan que con el empate igual son campeones y tratan de lograrlo con todas sus armas pero no lo logran.

Termina el encuentro, Uruguay campeón del mundo!. El Maracanazo, la peor pesadilla del fútbol brasileño es realidad, pero siembra las semillas de una generación que ganaría todo, con un pequeño Edson Arantes de Nascimento que llora escuchando la radio en algún punto perdido de Tres Coraçoes jurando venganza.

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