Relatos de domingos: volvió el fútbol

Y un día volví. Esa frase puede hacer referencia a dos situaciones: el retorno a los relatos o bien la vuelta a los partidos de fútbol 5, en cualquiera de ambas situaciones sería un elocuente título de presentación. 

Lamentablemente para mi físico, es para el deporte inventado por los ingleses que lo debo usar, luego de más de dos años y medio de merecida inactividad. 

“El cuerpo tiene memoria” era una frase que me alentaba a volver a la práctica deportiva… pues bien, debería decir con orgullo, ahora con el diario del lunes, que el mío es un caballero, ya que ha olvidado absolutamente todo. 

Pero no hay que adelantarse, ya que previo al ¿juego? ¿padecimiento? ¿triste convencimiento de que no hay que volver a jugar?, los protocolos sanitarios hacen que nos anotemos en una planilla (correcto) y nos pongamos alcohol en gel o mezcla sanitizante en las manos… ésta segunda parte es la que no me cierra.  

A ver, jugás al fútbol, irremediablemente te salís del método metegol o de jugar por perímetros o sectores constantemente (si es que alguna vez lo respetamos…) y para colmo te ponen eso en las manos… ¿para qué?, ¿cuál es el objetivo?, ¿por qué no aplicárselo solamente al arquero, ya que sus manos son frágiles y sería el único que, con sus manos correctamente higienizadas puede trasladar esa asepsia a la pelota cada vez que la toca? (salvo que el arquero sea yo, que ni la vi…).  

Sería algo así como la Cenicienta del arco. Soy conciente de que no voy a pasar a la posteridad con ese apodo, ya que los arqueros son recordados por motes increíbles como “La Araña Negra” Yashin, “Cortina Metálica” Botasso o “El Pez Volador” Yustrich entre otros, pero al menos ayudaré a la limpieza bien entendida del juego. 

Debo reconocer que una situación me hizo reconfortar, en algún momento me sentí como algún mandatario de nuestro planeta, donde le organizan partidos con figuras en actividad y retiradas, y lo hacen jugar sin marcarlo, con el rival más próximo a 15 metros, como si tuviera Covid o alguna otra enfermedad infecto contagiosa.  

Pero no fue por esa situación, sino por la otra parte de esos homenajes, la que vemos nosotros, la gente de a pié. Cuando su equipo estaba atacando, él volvía. Cuando estaba defendiendo, todavía estaba tratando de poner el freno y volver a mi propia cancha. Así estaba yo, como nuestro ex presidente Carlos V de Anillaco, cuando jugó al fútbol y al básquet con ambas selecciones a principios de los 90. La diferencia es que no pude llegar en Ferrari. No hay problema, cuando vuelvan los colectivos iré en Mercedez Benz, ya tengo todo planeado. 

Desde que comenzó el encuentro, el minuto cero, mi cabeza estaba puesta en una sola cosa, bien concentrada… cuando termina. 

No puedo decir que fue un momento traumático, pero anduvo cerca. Miedo a que un pelotazo me pegue en la cara y me vuele algún diente. Miedo a que me de en un dedo y me lo doble. Miedo a pisar mal y lastimarme el tobillo. Miedo a que sea yo, en éste modelo metegol, el que tenga que hacer remolinete… ¡si ni me puedo mantener a 90 grados erguido!.  

En definitiva, miedo al miedo. 

La falta de distancia fue lo más alarmante. Como ejemplo sobra un botón. Estando en el arco salto a cabecear (pelota fuera del área, soy malo pero leal y respetuoso de las reglas, no la iba a agarrar con las manos) con tan mal cálculo que en vez de rechazar con la cabeza lo hago con el hombro derecho, resolviendo la situación. 

A lo lejos oigo un comentario, hiriente, real y lacónico: “¿Qué quisiste hacer, el escorpión de Higuita?”.  

A lo sumo, yo podría hacer el bicho bolita, pero no creo que esa jugada quede en los anales de ninguna enciclopedia deportiva… 

Lo único positivo de la jornada, es que terminó y puedo contarla. 

Esto me trae a la memoria un comentario del gran Alfredo Di Stéfano, uno de los 5 mejores jugadores de la historia del fútbol mundial. Cuando ya había pasado su tiempo de gloria en el Real Madrid, con 40 años, jugaba en el Español de Barcelona y volvía de un entrenamiento a su casa. 

No lo retiró un rival, una lesión, la falta de motivación o algo parecido, fue su pequeño hijo que al verlo llegar lo mira y le dice: “Papá, pelado y con pantalones cortos”. 

Los niños no mienten y a partir de allí la Saeta Rubia pasó a ser una leyenda, un mito. 

Vamos hijos míos, que esperan para decir las palabras mágicas:  

“Papá, quedate en casa”. 

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